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En Opinión
de Lilia Cisneros

Anhelos del 2006

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Empezó el 2006, disminuido en celebraciones, sin excesos –no necesariamente por auto control, sino por falta de recursos- con un muy opaco horizonte social y hasta sin campañas políticas. Eso sí, para no perder el toque, cada noticiero repitió hasta el cansancio, las cifras de acribillados, violados, golpeadas, enfermos, huérfanos y secuestrados. Para compensar la “tregua electoral navideña” los comerciantes de audiencias cautivas, seleccionaron frases, momentos, comentarios de todo el año que ya es historia, así como son ellos, sin compromiso con nadie, sin mas interés que un negocio inhumano y sin limites para destruir honras, construir famas, crear ilusiones y de cuando en cuando hacer realidad un sueño. A pesar de la tregua ellos -los medios- ya nos pusieron alerta acerca de las fechas en que habrán de registrarse los candidatos, porque con todo y tregua la Ley, con sus plazos fatales debe cumplirse y seguramente los reporteros preguntarán y como en la casa del jabonero, resbalará el que no conteste y caerá el que si lo haga y ellos, -los poderorísimos medios- editarán unilateralmente, sacarán a colación, las declaraciones del secretario del PRD, confesando que no las tiene consigo en el norte del país y que apuestan a la división interna de sus contrarios. Pero –inocentes televidentes- no caigan en el error de asumir un compromiso con el PAN, las concesiones hechas por un militante que hoy es nada no eran vinculatorias y por cuanto al PRI, todo depende de cómo se arreglen con el nuevo publicista del candidato.
¿Qué tipo de campañas esperarían los mexicanos? Hace seis años el ciudadano común acostumbrado a escuchar promesas que no le van a cumplir apostó por un nuevo mentiroso y nuevamente perdió. De la misma forma en que regala 15 pesos para el me late, la gente –menos del 30% por cierto- votó por los 15 minutos para la paz y la armonía en uno de los estados más empobrecidos, el 7% de crecimiento anual, el país de todos nosotros –aunque ese nosotros sólo los incluya a ellos- la seguridad, la cultura, la estabilidad y la transparencia. Ocupar espacio en detallar el rosario de falsedades desde las toallas en dólares, pasando por los miles de muertos –incluidos los emigrantes idealizados en supuestos jardineros exitosos - hasta el atosigamiento de imágenes de propaganda cuasi gebeliana; es caer en el juego, pues a final de cuentas quien se opone apoya.
Para desgracia de los medios, el pueblo -consciente desde hace mucho tiempo del propósito de acabar con los mexicanos- no quiere saber más de agresiones entre políticos, está harto de chismes y suciedad privada exhibida sin recato pretextando libertad de expresión, se cansó de la dinámica agresor-víctima, se ríe si con las parodias pero no se engaña, sabe quien está apoyando al gallito de las plumas completas con toda su recua de hombres con portafolios y ligas o mujeres golpeadoras beneficiadas por el ambulantaje y la mala construcción de viviendas. El ciudadano común, se resiste a permitir el liderazgo de otro novato aun cuando se le equipare con David y se pretenda su triunfo sobre un Goliat de pacotilla; y la receta del tercero la supone con solo recordar el final de una ilusión. Entre más se gaste el dinero del pueblo en frases mercadotécnicas justificantes de conductas afectadas por pastillas de estupidina menos creíble será el candidato. Si alguien quiere ganar legítimamente –es decir con una auténtica mayoría- debe olvidarse de buscar adeptos entre los tránsfugas, indecisos o dolidos. Los afectados por la crisis, esa clase media en extinción y ese impresionante número de empobrecidos, anhelan algo más que la oportunidad de una beca, despensa o ayuda por vejez, quieren saber de reflexiones serias sobre el estado nacional y las instituciones que le darían vida al Estado moderno, no afrontarlo de esa manera, pretender seguir ganando únicamente con el apoyo de los ambiciosos vendepatrias, es -en el menos malo de los casos- gobernar solo y de espaldas a un pueblo todavía capaz de reaccionar en el momento más inesperado.
/Esta columna fue publicada en EL DIA el día 2 de enero, 2006.

 

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