| Los
ataques personales en los diversos espacios de los medios concesionarios
de las cadenas de televisión en México, en contra
de los ex senadores Bartlet y Corral, son la moderna versión
del dicho popular: “Te lo digo Pedro para que lo entiendas
Juan”. Cuando menos dos de los magistrados de la SCJ captaron
el mensaje y se excusaron de conocer el asunto de la inconstitucionalidad
de la ley de la materia, en tanto que los otros –con la ley
en la mano- procuraron no hacer muchas olas, habida cuenta de la
comprensión del costo político de ponerse con Sansón
a las patadas. En el foro de legisladores que tuvo lugar en la sede
nacional del PRI, la ex senadora, ex dirigente nacional y ex gobernadora
de Yucatán, puntualizó que “El gobierno debe
recuperar la rectoría en el espectro radioeléctrico,
que fue violado con la aprobación de la Ley Federal de Radio
y Televisión, ya que en el centro de la reforma del Estado
se ubica el derecho a la información y las atribuciones de
la nación para planear la asignación y el desarrollo
de esos recursos”. Desafortunadamente para los intereses de
la sociedad en su conjunto, incluidos los que se sustentarían
con la libre competencia entre empresas y concesionarios de los
servicios de telecomunicación y radiodifusión, la
ignominiosa prepotencia, salvajismo e insensibilidad con que se
conduce el duopolio cobijado en un salvaje neoliberalismo, la discusión
de este tema y su probable rectificación, parece estar condenada
al fracaso. ¿Quién –en el contexto actual de
supeditación- estaría dispuesto a arriesgar su carrera
política e incluso su seguridad personal, para oponerse al
poder omnímodo de los medios electrónicos?
El grupo foxista
-artífice gubernamental de la llamada ley televisa- en una
jugada casi suicida para sus correligionarios panistas- no repara
en los costos de poner en predicamento total y sin condiciones,
el sometimiento a los intereses mediáticos del presidente
constitucional emanado de sus filas. Difícil será
para el señor Calderón alcanzar su legitimación,
entre más se caliente, sobre todo en la pantalla chica, el
pleito al interior del PAN; porque si bien es imposible ocultar
una serie de cosas que le ocurrieron al proceso electoral, da la
impresión de que ellos mismos realizan un gran esfuerzo para
alimentar en la inconsciencia de las masas la realidad de la guerra
sucia del 2006. En esta estrategia para mantener vivo el recuerdo
de las múltiples irregularidades que hicieron dubitable el
resultado, quienes más ganan son los medios, en demérito
del propio presidente de la república y el del pueblo subordinado
por decisión unilateral, a una visión que no necesariamente
abona a la armonía y la paz social. ¿Cómo pueden
los ciudadanos, estar verazmente informados, si los golpes bajos
de la radio y la televisión –con estas nuevas prácticas
de supuesta libertad de expresión- en cada jornada electoral
exhiben las miserias, los secretos sucios, las porquerías
del sistema, los partidos e incluso las preferencias sexuales de
cada actor político?
Como para curarse
en salud, los concesionarios de los medios –en México
y en otros países- pontifican todo lo negativo de una acción
de Estado del presidente de Venezuela, por su negativa a renovar
la concesión de un medio abiertamente opositor al gobierno.
Y más allá de la coincidencia o desacuerdo con las
formas y la línea política del señor Chávez,
lo cierto es que en el proceso de acción y reacción,
como apuntan tanto la señora Sauri y muchos otros grupos
excluidos de los medios monopólicos -al servicio, no del
pueblo sino de los intereses oligárquicos- es impostergable
retener el derecho soberano de la nación sobre el espacio
radioeléctrico. No hacerlo se equipara a una claudicación,
por el abandono de las responsabilidades que tiene cualquier gobernante,
con el riesgo de llegar a un punto en el cual no exista la alternativa
de dar marcha atrás. Los actores políticos, en un
momento de guerra -porque México vive hoy una guerra con
el peligro de volverse incontrolable- están obligados a visualizar
un futuro inmediato sin la posibilidad de hacer nada por el país,
a menos que quieran recorrer el mismo camino del señor Hugo
Chávez. Por la terrible actuación de un poder legislativo
obsequioso, acostumbrado a aprobar por la vía del “fast
trak, al fin que luego haremos las adecuaciones pertinentes”
el gobierno siempre estará un paso atrás de la obligación
de mantener el Estado de Derecho. El nieto del fundador de telesistema
mexicano –que con todo y lo que pudiera decirse cuando menos
daba la cara- ¿estará consciente de que en realidad
estas medidas no le benefician a largo plazo y únicamente
sirven a los intereses de un mundillo empresarial constituido por
hombres de presa, sin límites en la explotación del
país de todas las formas y manera factibles?. El ataque del
imperio de la comunicación está a la vista; no perdona
ni aun a los mismos ídolos que ha creado.
28
de mayo, 2007
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