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un año de los relevos, siete de la alternancia y tres de
la marcha por un México seguro, con todo y los discursos
ponderando el Estado de Derecho, la urgencia de las reformas estructurales,
las advertencias sobre la catástrofe que nos sobrevendrá
si no aprueban los legisladores la nueva miscelánea fiscal
y la guerra desatada por la falta de control en los asuntos internos
del país; la ciudadanía no encuentra salidas en medio
del hambre, la falta de oportunidades y sobre todo la inseguridad.
Sin abundar en las prolíficas notas rojas que nos recetan
a diario los noticieros, los habitantes del DF tienen la certeza
de una absoluta carencia de labor de inteligencia en materia policial.
Ejemplos sobran, hablemos del robo de autos con violencia. En la
esquina de Miguel Angel de Quevedo y Pacífico, justo en el
monumento plantado por Bortolini al final de su gestión en
Coyoacán, se aprovecha el alto, para amagar al conductor,
sacarlo de su vehículo y dejarlo a pie. Lo saben todos, los
de la gasolinera y los comercios circundantes, los que por ahí
transitan o viven, ante la indiferencia por no decir corrupción,
de la policía. Víctimas han sido muchos entre ellos
el hijo de un abogado, que por sus antecedentes de corredor de autos
logró escapar, con solo algunas abolladuras a su camioneta
pick up.
Este mismo modus
operandi se repite a lo largo de la ciudad, la semana pasada le
tocó a un ministro jubilado ser despojado de su coche en
la colonia Guadalupe Inn a unos pasos de insurgentes; zona de tolerancia
para el sexo servicio en muchas esquinas, de tráfico intenso
en los tramos en donde el metro bus dejó solo dos carriles
y de multicolores toldos plásticos para distinguir las diversas
organizaciones de ambulantes diputándose las calles, sin
pagar impuestos, aunque no por ello exentos de erogar fuertes cantidades
para las autoridades que los solapan y los comerciantes establecidos
que los surten. Mientras la propiedad privada y las garantías
individuales son pasadas por el arco del triunfo de autoridades
del DF que suponen en las expropiaciones el mágico freno
al narco menudeo, la irritada ciudadanía acumula un rencor
irracional contra los marchistas cotidianos, azuzados por funcionarios
federales incapaces de buscar más soluciones que los exhortos
verbales en tono bravucón. ¿Se trata de organizar
una revolución de estado? ¿Cuántos capos han
sido coptados por estos operativos ilegales o los que encabeza el
ejército en otras entidades?
Cuando el ser
humano decidió organizarse en sociedad, lo hizo con el trascendente
fin de vivir feliz, en armonía, potenciando su trabajo y
sus habilidades, renunciando a ciertos niveles de libertad para
depositar éstos, en gobiernos capaces de establecer la justicia
y decidir quien era merecedor a cuales penas por la violación
de las reglas establecidas por el grupo. Nunca lo hizo para justificar
el abuso de unos pocos sobre los muchos y tampoco como instrumento
de vendetas. El poder conferido debiera ser para el servicio no
para el autoritarismo en contra del pueblo, ni mucho menos como
instrumento de exclusión política contra las opciones
diversas al que lo detenta. ¿Cómo esperan que la ciudadanía
pague por los servicios de agua, si en el DF además de convertir
la obligación de surtirla en negocio de 4 o 5 empresas privadas
-que unilateralmente la cobran sin criterios de equidad- favorecen
a las transnacionales que la acaparan? ¿Por qué pagar
impuestos si en automático la SHCP, envía cartas de
observación a todos los causantes menores acreedores a la
devolución de retenciones previstas en La Ley? El escenario
fiscal se asemeja mucho al de los señores feudales, donde
las capas bordadas con oro de reyes y clérigos, justificaban
el apoyo soterrado a salteadores de carretas, convertidos en héroes
por el imaginario de pueblos harapientos, ávidos de pan y
salud. Así se siente este dos de julio, con inquietud generalizada,
inseguridad en todos los niveles y una peligrosa inconformidad que
nos pone a todos contra todos, anhelando el renacimiento de un moderno
Chucho el Roto o un latinizado Robin Hood. Del chapulín colorado
ni hablar, porque trabaja para los muy ricos.
2
de julio, 2007
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