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En
Opinión
de Lilia Cisneros
www.cocuac.org.mx
Aires de preocupación son los que soplan con el tono de amenaza
utilizado por algunos actores políticos, que ante su incapacidad
de llegar a acuerdos ven en el litigio su única posibilidad de
darle un tinte definitivo a sus aspiraciones. Para quienes entienden la
política como un medio de contar con el poder que les permita resolver
las necesidades más ingentes del pueblo, los acuerdos –que suponen
obligaciones y prerrogativas entre las partes- son las herramientas civilizadas;
así funcionó el país durante varias décadas
pos revolucionarias y sin ser un enclave de la perfección, México
dio oportunidad a hijos de obreros convertidos en profesionistas, decidiendo
con libertad su destino y el de sus vástagos, ante el abanico amplio
de opciones educativas, laborales y de servicios sociales -médicos,
de pensiones y de seguridad en general- que la sangre derramada hace casi
un siglo les permitió. El paso del tiempo, la comodidad derivada
de la holgura de los muchos y los intereses mezquinos que no fueron del
todo derrotados, empezó a convertir a los políticos en personeros
de los artífices de la explotación y cual ventrílocuos
se han dado a la tarea –sobre todo las últimas dos décadas-
de descalificar no sólo a los contrincantes, sino a nuestra cultura
e historia, a la gente de bien, a México.
Con el arribo de los simuladores, la negociación civilizada fue
desplazada por las acciones de cúpula y las imposiciones de los
grupos con mayor influencia, mismos que por cierto se han disgregado;
de ahí el reproche de muchos a Cuahutemoc Cárdenas que hoy
al igual que en el 88, demuestra su insensibilidad para entender la realidad
de un país cuyos actores entonces le impusieron una decisión
y hoy están muy alejados de lo que sería “un gran bloque
de izquierda”. Al igual que ocurre con las infecciones de los cuerpos
vivos, lo que más permanece durante y después de las crisis
es el pus, convertido en casos extremos en corrupción y muerte.
Así las cosas y ante el caso de una “maestra” que en la medida
que Dios le preste vida seguirá utilizando su posición de
dominio para obtener las ventajas a las que ella es proclive, no resulta
extraña su advertencia en el sentido de llevar su ambición
a las instancias jurisdiccionales, con tal de seguir tejiendo los hilos
de poder que indudablemente controla para vender al mejor postor su influencia
–que hasta donde sabemos no utilizará para ocupar posición
alguna- e incluso someter con tintes legaloides a cualquiera que pretenda
quitarle su parte del pastel.
Esta metodología –o perversidad si es que hablamos con propiedad-
nos es por cierto novedosa. El señor Bush, llegó a la presidencia
de los Estados Unidos del Norte, por una sentencia judicial que invalidó
la voluntad mayoritaria de los votantes y han sido los abogados de ultraderecha
–la gran mayoría identificados con el PAN como en el caso de Fernández
de Ceballos, Hanndadm y Lozano Gracia- los que luego de descalificar a
la política han puesto al servicio de los acaparadores, a la ley
misma –redactada en muchas ocasiones a la medida de los intereses que
representan- sin importarles que en ello se vulneren principios fundamentales
del Derecho, tales como la generalidad y universalidad o garantías
de libertad, equidad y soberanía popular. En medio de estas prácticas
que generan un enorme desgaste al poder judicial, -de cuyo presidente
se escucha a voz en cuello que es el testaferro del mandatario nacional,
quien a su vez actúa a nombre de un ex presidente dispuesto a seguir
siendo nombrado- el que agoniza es el tan llevado y traído Estado
de Derecho y los que mueren de dolor son los auténticos priístas
que ahora ni siquiera tienen una opción alterna para entregar,
lo que al final del día se convirtió en un voto inútil.
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